De premios y castigos

         La manida propuesta de que a los ciudadanos se podría, y tal vez debería, otorgarle un carné de buena vecindad cuando se compruebe que cumple con todos sus deberes colectivos es una idea con la que juegan algunas a lo más biempensantes. El aparato de todos los Estados y también las instituciones funciona con una concepción judaica o bíblica del hombre como sujeto caído, que, en cuanto nos descuidemos ya empieza a hacer dislates y en esas condiciones necesita de redención y de extrema vigilancia. (Lo que se demuestra en que no hay disposición, moderna o antigua en algún lugar del mundo, que, en el desarrollo de su articulado, en lugar del consabido rosario de sanciones para los incumplidores, ofrezca únicamente premios para quienes se comporten de acuerdo a lo ordenado). Pero, como aun así sigue desobedeciendo, el ciclo se cierra con el castigo y la amenaza del mismo. De ahí la sugerencia de quienes se consideran a sí mismos como buena gente o porque consideran que sería estimulantes, de vez en cuando hablan de ese documento que acreditara la bonhomía.
      Carné o no, lo que sí ocurre es que hay multitud de instituciones de toda índole que gustan destacar a determinadas personas con premios y distinciones. Algún socarrón diría que entre tanto premio poca gente debe quedar sin tener, al menos, alguna mención honorífica por hacer bien una tortilla o saberse con precisión el himno del equipo. Bromas aparte, lo que hay que considerar más en serio es el listado de premios que las Administraciones Públicas (hacer de su capa un sayo en un asunto privado es otra cosa), en su afán de exhibir su poder, adjudican sin ton ni son. Y ahí está el abuso. Porque los procedimientos que utilizan son esencialmente discriminatorios pues marginan a tantos ciudadanos que los merecen, puede que más, y sólo hay publicidad en los resultados. Seleccionar, por ejemplo, a unas docenas de personas para un premio nacional al mérito en el trabajo puede ser tachado desde candidez a un descoco inaudito. Y los otorgados con motivo de las fiestas locales o autonómicas: serán personajes extraordinarios, pero ¿de una raza superior?
       La venganza popular es que a nadie interesan, salvo a los seleccionados. Mas, para compensar el desequilibrio, las autoridades podrían establecer también unos castigos. Al estilo de la Lotería en Babilonia de Borges. Lo malo es que eso sería darle muchas pistas al demonio.

Publicado el día 17 de noviembre de 2017

Un astrónomo de cabecera

     Por lo general no hay semana, incluso a veces días, en que no aparezca alguna información de interés que podríamos llamar cósmica, cosmológica o planetaria, algo referido a descubrimientos que se van haciendo en el cosmos y a leyes y modos de comportamiento del Universo en que estamos. Ayer, antes de ayer, la última quincena… todos esos momentos están llenos, a nivel periodístico, es decir, de divulgación, de datos que los astrónomos y astrofísicos, por citar algunas especialidades, tratan de colocar en lugar preferente en el dietario del mundo. Lo último aparecido, cuenta Javier Sampedro, son los trabajos que sobre la mecánica cuántica están haciendo los chinos, de manera que “en cinco o diez años esperan estar listos para iniciar una red global de comunicación cuántica. Van en serio, y lo están haciendo genial” y, aunque a cualquiera de nosotros, no experto en la alta física, todos estos conceptos nos suenen a chino (nunca mejor dicho) son avances científicos de muy alto nivel para el mejor conocimiento de nuestra realidad y la del universo que, a fin de cuentas, es lo que importa.
         Hace casi un siglo un filósofo alemán, hoy más bien olvidado, Max Scheler, lanzaba una interpelación decisiva sobre lo que nosotros, los humanos, representamos en el universo (“El puesto del hombre en el cosmos”, se titula el trabajo) y, aunque su respuesta no tiene al día de hoy demasiada actualidad, la pregunta sigue vigente, entre otros motivos porque ni se ha encontrado la respuesta y casi no hay ni pistas sobre cómo aclarar el asunto. Cuando en cualquier manual específico leemos que en nuestro Universo (sin contar con los poliuniversos) hay un sinnúmero de galaxias, la cuestión de qué representamos nosotros queda como ridícula y nimia. Dentro de lo real, ¿qué significa la especie humana? En una imagen plástica alguien ha dicho que por qué no puede nuestro universo ser una célula pequeñísima del estómago de algún ser de tamañas proporciones. ¿Cómo saber sin más de nosotros mismos?
     ¿Diría alguien que la profesión de futuro será entonces la de astrónomo, según vaya abriéndose paso hacia el Universo la ciencia, en definitiva, los humanos, los de Cromañón, aquellos que salimos de África hace unos 100.000 años? Pues, si las cosas van a ir por ese camino, ya deberíamos estar cada uno de nosotros buscándonos nuestro astrónomo de cabecera. Y no hay nada de broma en esta reflexión.

Publicado el día 10 de noviembre de 2017

Problemas en lo que se dice

        En las emisoras de radio se publicita una empresa con el argumento de que ella “no hace como las demás” de su ramo, sus competidoras, que se dedican más a la publicidad que a cumplir correctamente con su tarea profesional, cosa que la empresa protagonista asegura en su anuncio que no hace. Es decir, publicita que ella no se dedica a hacer publicidad, lo que acaba resultando una curiosa argumentación pues lleva a cabo precisamente lo que dice que no hace, apoyándose en el término dedicarse. Hacer lo que se dice que no se hace, utilizándolo como tesis para probar que no se hace lo que se dice, es una inteligente forma de competir en el debate de las ideas y, al tiempo, el manejo de un viejo sistema de confrontación dialéctica basada en una incongruencia argumental y que puede ser tachada de sofística. (Otra cosa son los resultados económicos y empresariales, si esa forma de hacer anuncios pueda ser interesante, un asunto ajeno a esta reflexión, que es exclusivamente lingüística).

        Hablar de cómo manejamos el lenguaje en nuestra vida diaria y cómo lo usamos con una u otra finalidad es una tarea de cada día que no podemos ni debemos obviar porque, a fin de cuentas, el lenguaje y la palabra constituyen casi todo lo que somos como personas. Y de ahí la necesidad de estar pendiente de cada giro lingüístico, de cada expresión. En la Edad Media, por citar un ejemplo al azar, allá por el siglo XI más o menos, pasaba lo mismo. También entonces había quienes pensaban y creían en la importancia del habla, de tal manera que hubo más de uno que estimaba que quienes se apoyaban para hacer ciencia y filosofía en el lenguaje se pasaban de listos, que, de tanto estar pendientes de la dialéctica y de la retórica, se olvidaban de otras cosas mucho más importantes, como de la teología. Y así surgieron los que se podrían llamar dos partidos, el de los dialécticos y el de los teólogos.

        Los juegos de palabras son posibles por la flexibilidad casi infinita que encierra el lenguaje, y la cosa llega a tales niveles que la precisión en el habla resulta de lo más complicado. Y cómo en tantas ocasiones una cosa es lo que nos dicen y otra lo que escuchamos. Por ello cuando nos quejamos de discursos que nos llegan llenos de trampas lógicas, conviene que seamos conscientes de que es más difícil construir una frase exacta, hablar bien, que hacerlo mal. Por mucha buena voluntad que se ponga.

Publicado el día 3 de noviembre de 2017

Natural, terrible palabra

    Adjetivar las palabras para encontrarles un lugar en el universo del idioma es, normalmente, una operación simple. Un regalo simpático, un tarde calurosa o un vecino amable son expresiones fáciles, salvo que alguien pretenda precisar hasta el detalle. Mas es conveniente recordar que hay palabras que encierran una muy alta concentración de significado lo que las hace complejas, duras y hasta terribles. Natural, y naturaleza, son dos de ellas. Si, por ejemplo, en filosofía buscamos seleccionar un reducido número de términos técnicos especialmente discutidos hasta el límite, de elevada comprensión, uno de ellos es sin duda el de naturaleza. Y natural, su derivado. Dos palabras, madre e hija, que, aunque a lo largo de la historia se han entendido de muchas maneras, podemos resumir como el conjunto de la realidad física que nos rodea. Siempre por supuesto en proceso pues la naturaleza no es algo permanente, fijo y estable.
      Entendidas de esta manera, las manejamos en tres usos principales. La aplicación que hay quien hace a una supuesta ley y derecho moral natural, que sería algo así como una “luz que nace con el hombre y lo hace capaz de discernir el bien del mal”, uso este vinculado a creencias religiosas y sin vigencia más allá de determinados sectores. En los tiempos modernos, cuando el comercio, lejos de ser un modo de subsistencia, se ha convertido en una actividad antropológica central y se vende lo natural como señuelo mercantil para hacer grandísimos negocios: ¿productos naturales?, vaya usted a saber. Y hay un tercer uso como cuando justificamos la vida social en este concepto: lo natural, decimos, es ir a una boda con nuestras mejores galas y no en pijama.
     Adjetivar como natural cualquier acción o ciertos objetos es desde luego bastante peliagudo y peligroso. Sorprende, pues, y mucho la ligereza y frivolidad con la que muchas veces utilizamos estos términos, no de una manera superficial sino con pretensiones teóricas. La palabra natural tiene tal carga ideológica, comercial y societaria que su manejo exigiría toda la prudencia del mundo. (Lo que ocurre sin embargo es que todas estas y otras consideraciones son del todo inútiles, precisamente por esos intereses tan monumentales que suscita, que acaban siendo un inmenso y gigante negocio moral, económico y societario. Por lo que no vendría mal un poco de suspicacia y sospecha cuando alguien la utiliza).

Publicado el día 27 de octubre de 2017

Loor y gloria al ser humano

        Hablando san Agustín, en una reflexión sobre el Pentateuco, de los primeros hombres en la tierra, los patriarcas, que vivieron tantísimos años y tuvieron hijos a edades tan tardías comparadas con nuestros parámetros de vida, se pregunta cómo es posible que se abstuvieran del coito durante tanto tiempo hasta la edad en que se dice que tuvieron hijos. Tras aceptar y defender que la cuenta que se hace es correcta y que en efecto vivieron todo el tiempo que se dice en el Génesis, viendo que los hijos que tuvieron les llegaron, en bastantes casos, superada ya la centena de años, se plantea cómo pudieron pasar tanto tiempo sin practicar el apareamiento. Set, por ejemplo, tenía ciento cinco años cuando engendró a Enós, o Yéred, ciento sesenta y dos años cuando concibió a Henoc. ¿Se abstuvieron del coito hasta esta edad? Esa es la cuestión que plantea el santo.
      Mucho, como decimos familiarmente, ha llovido desde entonces. De manera que esta pregunta, aunque pueda parecer profundamente humana por su trasfondo y sobre todo en el momento histórico en el que se formulaba, no deja de ser una futilidad al día de hoy por las condiciones científicas y tecnológicas en que nos movemos. Y así hay que saludar con toda clase de campanas, trompetas y tambores, orquestas y bandas de música incluidas, el nacimiento en Sevilla del llamado bebé-medicamento, en realidad el único y gran objetivo de esta columna. Mucho ha llovido en efecto desde que Agustín de Hipona se proponía esa, en el fondo, confusa pregunta cuya réplica es lo que llaman los científicos “el diagnóstico genético preimplantatorio”, la salvación para las familias que quieren tener hijos pero corren el riesgo de transmitirles graves enfermedades. Las informaciones aseguran que, en 2005, Andalucía fue la primera comunidad autónoma en incorporar este procedimiento. Si la primera o la última importa menos. Lo decisivo es, en primera instancia, el beneficioso progreso humano que ello representa y, después, el reflejo que lleva a las personas que se benefician.
       (Sobre la pregunta inicial, san Agustín, en “La ciudad de Dios” que es donde lo trata, razona afirmando que teóricamente caben dos opciones para responder a tamaña cuestión: que pudo ser porque la pubertad se alargaba entonces de manera considerable o porque el relato bíblico no mencionó a otros hijos que hubieran tenido antes. Y se inclina por esta segunda opción).

Publicado el día 20 de 0ctubre de 2017

Los flecos en la vida

        Este año, según los indicadores de moda que aparecen en los medios de comunicación, los flecos serán muy básicos en todo el vestir. Desde el calzado a los vestidos. Flecos de todo tipo y color, flecos que casi todo el mundo llevará. Naturalmente esto de los patrones de la moda, como todos sabemos, es una manera de hablar, un forma de entretenerse y después cada cual hará lo que quiera y desee. Es algo que solo viene a enredar un poco y dar algún dinero a quienes la promueven y a algunos otros que se lo creen o, al menos, hacen que así lo parezca. Flecos, en definitiva, que no son sino un tipo de ingredientes que vienen a acompañar a lo sustancial. Nadie puede vestir exclusivamente de flecos porque esa condición casi es una contradicción en sí misma.
        El caso es que eso de los flecos, dejando a un lado lo apuntado de la moda, ha venido a airear una palabra que está como escondida en tantos escenarios de la vida. Una cosa son los flecos materiales que cuelgan de la ropa y muy otros los flecos simbólicos, alegóricos o figurados. “Sólo faltan unos flecos en la negociación” es una expresión más frecuente de lo que a primera vista pudiera uno figurarse, rincones a los que no prestamos apenas atención, que parece no representan gran cosa pero que en tantas ocasiones acaban siendo más decisivos que lo aparentemente principal. No caemos en la cuenta de que, de la misma manera que un fleco extravagante o mal encarado puede dar al traste con un ornato en el que está en juego algo tan principal y conveniente como nuestra imagen, así el referido que no termina por cerrar un pacto o un convenio es capaz de romper todo lo que tenemos negociado.
        Todo el mundo recuerda lo que comienza con aquello de que “por un clavo se perdió una herradura…”, un poema metafísico (y religioso) de George Herbert, un poeta inglés del siglo XVII, que, entre sus muchas advertencias, llamó la atención del alcance de las cosas pequeñas en su recopilación de dichos “Jacula Prudentium”, publicada en 1652. Y, en el mundo de hoy, poca gente quedará que no haya leído o pensado algo sobre otro paradigma del máximo interés y eficacia: el llamado efecto mariposa, propuesto por Edward Lorenz, según el cual, si en uno de dos sistemas iguales o casi idénticos hay una mariposa aleteando, al final ambos acabarán siendo completamente diferentes. Los flecos, sobre todo ideológicos, con que nos obsequia la vida.

Publicado el día 13 de octubre de 2017