Alguna duda sobre la verdad

        La desazón que a muchos está causando todo lo que se está diciendo y escribiendo sobre lo que se ha dado en llamar la posverdad o, de otra manera, los hechos alternativos, no tiene pinta de que se cure fácilmente. Y, menos aún, de que sea una polémica pasajera que pronto va a pasar al olvido. Aparecerán nuevos términos para seguir con la discusión, que es real y sin duda terrible. Y es que, si uno analiza el entramado filosófico e histórico que subyace a esos conceptos, puede caer en una depresión incurable si su deseo es, como parece lógico, que se cumpla el principio de que lo que es verdad es verdad y lo que no lo es pues no lo es. O sea, una clara línea roja entre la verdad y la mentira. Es lo que los filósofos llaman el principio de contradicción que viene a decir técnicamente lo que muchas veces decimos de broma, que lo que no es no es y, además, es imposible.
      Pues no son tan sencillas las cosas como nuestro sentido común parece indicarnos. Y tampoco es novedad esta controversia teórica que ahora nos tiene enganchados. Ya, desde el comienzo del pensar reflexivo, se están planteando cuestiones sobre la verdad y lo que esta es y significa. (Un libro publicado a finales del siglo pasado ya incluía casi treinta concepciones diferentes sobre el concepto de verdad). Fueron los griegos los que se ocuparon con intensidad de interrogantes sobre el pensar discursivo, sobre lo que es y no lo parece o lo parece y no lo es. Ejemplos para mostrar estas contradicciones los hay a montones, pero, por elegir uno muy conocido, valga el que los manuales llaman “el problema de Protágoras”.
        Este había enseñado a ser abogado a un discípulo y lo había hecho a condición de que, cuando ganase su primer pleito, le pagaría. Pero este, ingrato, decidió abandonar el derecho y, por tanto, no pagarle lo que le debía. Enfadado Protágoras por la deslealtad y la no cobranza, decidió demandarle. Pensaba que, si ganaba el juicio, cobraría y, si lo perdía también porque sería el primer juicio ganado por el discípulo, que entonces tendrá que pagarle. Pero muy otro era el razonamiento del discípulo: si perdía el juicio, no se daba el requisito previsto y le liberaba de su compromiso y, si ganaba, pues tan pancho. La paradoja ha sido estudiada y analizada en multitud de ocasiones y hasta utilizada en algún juicio. Todos estos juegos del lenguaje y la mente pueden producir mucha preocupación.

Publicado el día 17 de febrero de 2017

Corbyn, Hamon, ¿Pedro?

      Lo cuenta el historiador Heródoto cuando describe cómo estaba la situación política en Atenas en el siglo VI. Un día del año 550, el tirano Pisístrato, que había sido derrocado por la alianza de los otros dos partidos de la oposición, decidió utilizar una gruesa estratagema para volver al poder. Solicitó a una mujer, llamada Fía, de una estatura alrededor de 1,70 “y, además, agraciada” y la vistieron con la armadura adecuada, la subieron a un carro, y le indicaron cómo debía comportarse. Antes, por todas partes, fueron enviados heraldos (las redes sociales de la época) anunciando que la diosa Palas Atenea, protectora de la ciudad, había acudido en persona a proclamar de nuevo a Pisístrato como tirano de la ciudad. Los atenienses se lo creyeron y lo aceptaron como tal.
      Tras el gobierno de Solón, muy elogiado por haber dado los primeros pasos democráticos con el principio de que las leyes han de ser justas y haber iniciado el pensamiento de que todos son iguales ante la ley, aparecieron en Atenas dos partidos, de sobra conocidos y citados. Ambos representaban corrientes ideológicas e intereses de zonas de la ciudad en la que se distribuían los ciudadanos según sus condiciones sociales, culturales y económicas. Tal como de alguna forma sigue sucediendo a día de hoy. Uno, llamado de la costa, integraba a las llamadas clases burguesas. El otro, de la llanura, estaba formado por latifundistas, aristócratas, la nobleza y constituía, como es de prever, la derecha conservadora. Así las cosas, la gran tarea de Pisístrato fue fundar un tercer partido, la montaña, para recoger e incorporar a la vida pública al proletariado urbano y campesino.
      Los personajes, inglés y francés respectivamente, citados en el título, surgen en triunfo en una votación colectiva universal, dentro de su partido, y representan lo que se denomina la izquierda, que algunos describen como inconsistente por soñadora de lo imposible y rígida por su incapacidad de acuerdos. Acumulan los sectores más radicales y viven de enfrentamientos con sus aparatos. Pisístrato luego fue un muy buen gobernante para todos (el término tiranía no tiene el actual sentido depravado) y lo hizo, al margen de la procesión referida, porque pactó con Megacles, líder de la costa. Bien es verdad que detrás hubo asuntos privados, pero a fin de cuentas el acuerdo le salvó, a él y a Atenas. ¿Podría formar el trío Pedro Sánchez?

Publicado el día 10 de febrero de 2017

Conquistar las palabras

     Andrenio, un personaje de “El Criticón, novela de B. Gracián, se muestra perplejo de cómo las palabras cambian a través del tiempo: primero se decía fillo; después, fijo; luego, hijo… y así en otros muchos casos. Pero, si las palabras cambian en su grafía, mucho más lo hacen en su significación y simbolismo.
      La palabra curiosidad es un ejemplo sencillo para mostrar estos juegos del lenguaje pero que en el fondo lo son de nuestra visión de la vida. Los griegos, en especial Aristóteles, la valoraron como el principio del saber y ello propició el desarrollo de las ciencias y la sabiduría. Y así se entendió como opinión universal. Alberto Manguel, asegura que la curiosidad ha sido el motor de la evolución humana… Pero es este mismo autor el que abre la espita de la sospecha cuando dice que también es la tentación para adentrarnos en lo prohibido, lo oculto, lo peligroso… Y aquí viene la cuestión a debate. Si uno le echa un vistazo, por ejemplo, al Kempis o a otros textos similares de cultura religiosa y, sobre todo, conservadora, apreciará en seguida cómo la curiosidad es tachada de amenazadora y de comprometida. No siempre se dice así de manera tajante (a veces sí, desde luego) pero se deja caer la advertencia de que puede llevar a lo indeseable, a la ruina moral, de que es nefanda y así lo mejor es no avanzar en la búsqueda de lo nuevo sino atenerse a la “doctrina de toda la vida”, que esa sí que es especialmente segura.
       El diccionario de la RAE, al hilo de esta rancia visión, en su edición vigésimo primera, de 1992, dice que curiosidad es el “deseo de saber o conocer lo que no nos concierne” y “Vicio que nos lleva a inquirir lo que no debiera importarnos” Es decir, como en el chiste de la soga y el burro, una calamidad, porque, en una acepción moralista mohosa, nos arrastra al pecado y a la perdición. Y, naturalmente, quienes en nuestro país ha sufrido este juicio tan negativo han sido las ciencias y los saberes, convertidos de este modo en sistemas cutres y sin ninguna posibilidad de avance intelectual. Pero menos mal que las cosas han cambiado y en la edición vigente se define la curiosidad como: “Inclinado a enterarse de cosas ajenas, a aprender lo que no se conoce”, lo que es ya un avance, aunque falte profundizar más. Es la reflexión que ha hecho M. Paz Battaner Arias, la filóloga y lexicógrafa que acaba de entrar en la RAE, y que motiva esta columna.

Publicado el día 3 de febrero de 2017

La no venganza de los pobres

      Ya se ha hecho referencia en esta columna a La Danza de la Muerte, aquella expresión literaria, en coplas populares, de los siglos XIV y XV, que, pasando por Cervantes y Lope de Vega, acaba influyendo incluso en Quevedo, en 1627, con los Sueños. El tema es fácil de adivinar: su universalidad, el reconocimiento de que, al margen de la historia personal y las condiciones individuales, al final todos quedamos igualados y nadie puede librarse de su llamada. Mas en este alegato lo que en verdad se pretende es poner de manifiesto la venganza de los pobres y los humildes contra los que ostentan el poder y son los dueños del dinero y de la vida. El papa será papa y tendrá todos los honores y ventajas, el rey también gozará de todos los privilegios del mundo, y así ocurrirá a toda la escala de los de arriba, cada uno acorde a su puesto de mando. Pero la Muerte, cuando se presente llamando a cada uno por su nombre, nos igualará a todos sin excepción.
     Toda la historia de la literatura, en unos casos con fines moralizantes, pero en otros muchos con intención mordaz y sañuda, está llena de alusiones al asunto. Desde el Kur, el “Gran Debajo”, en Sumeria o Luciano de Samosata en Roma, por hacer alguna referencia. Y si bien es cierto que toda esta retórica encierra algo de ingenuidad y mucho de sátira, también manifiesta demasiada impasibilidad y frialdad ante lo permanente e inmutable, lo que se sabe que no tiene solución.
      La cuestión ahora, en este tiempo, es que algunos científicos, que están proyectando las capacidades humanas hacia los próximos años (algunos hablan de 50 pero otros acortan considerablemente el tiempo hasta los 20 o 30), consideran que nuestra especie, cromañón o sapiens, está a punto de vencer a la muerte mediante procesos de sustitución de miembros del organismo en una constante renovación. Y preguntado, por ejemplo, el antropólogo e historiador Y. N. Hariri si considera que la accesibilidad a todas estas nuevas tecnologías profundizará la brecha entre los poderosos y los humildes, responde que, muy a su pesar, la distancia y las desigualdades entre unos y otros se reforzarán, que a ellas, se teme, solo tendrán acceso los ricos y los poderosos. En estas condiciones ya no quedará a los pobres ni siquiera la posibilidad de lanzar el sarcasmo inservible, ocioso e inane de que, al final, todos calvos. Ni siquiera ese desahogo, esa venganza inútil.

Publicado el día 27 de enero de 2017

Felices a la fuerza

       La conocida teoría de que la música de villancicos, de que gozamos en los comercios durante las navidades, no obedece a que los tenderos sean especialmente amantes de las tradiciones sino a que consideran que de ese modo venden más, empieza a adquirir tintes de peligrosa realidad. Como se sabe, por lo general la música, como telón de fondo, además de amansar a las fieras, colabora a crear un talante más dulcificado en quien anda algo ajetreado. Y ese estado de ánimo, se asegura, anima a comprar más. Lo que podría llevar a expresar como regla de comportamiento mercantil una proporción directa algo así como que a más contento y agrado del cliente, más beneficios para los comerciantes.
       Pero ocurre que esta sencilla y simple reflexión, que viene siendo de interés para la charla y la comidilla, parece que ha entrado en una vía de conocimiento cuando menos compleja y, desde luego, amenazadora. Mal asunto, denuncia William Davies, cuando se ha apropiado de ella el capitalismo más radical (el que se manifiesta en el Foro de Davos) y quienes manejan las últimas novedades tecnológicas. Una combinación de poder que, como dice el refrán, no se la salta un galgo. O, dicho de una manera más seria, una combinación tan estructural e ideológicamente establecida que, por el dominio que consiga ejercer sobre los ciudadanos, puede llevar a ambientes sociales y políticos indeseables. Manejado este pensamiento desde estas dos plataformas (ciencia al servicio del capitalismo feroz), se convierte en una terrible arma ofensiva contra los valores humanos, individuales y colectivos.
        No es nueva desde luego la tentación de algunos poderes públicos, cuando han expresado su proyecto político, de presentarlo en términos de hacer felices a sus ciudadanos. Incluso momentos históricos singulares así lo han proclamado sin ambages: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación”, decía nuestra Constitución de Cádiz, recogiendo quizá la idea de la francesa, la jacobina, de 1793: “El fin de la sociedad es la felicidad común”. Pero si en estos ejemplos puede verse un tono de ingenuidad o buenas intenciones, incluso algún ramalazo de romanticismo, mucho es de temer que, aplicándose la ciencia con su bagaje cuantitativo, y la violencia del poder, se plantee claramente la obligatoriedad de ser completamente felices. Para ser rentables, al cien por cien, de pensamiento y emociones. De conducta. 

Publicado el día 20 de enero de 2017
 

Un par de observaciones

    Entretenidos estamos. Una vez terminadas las fiestas y la enojosa y dura tarea de demonizarlas con discursos éticos y morales impolutos contra el consumismo (procurando los predicadores, eso sí, terminar los alegatos antes de que cerraran los comercios), ahora jugamos a otra cosa. Que acaba siendo la misma porque el debate sobre el populismo y la posverdad nos está cogiendo otra vez al hilo de acontecimientos que la agenda del mundo nos ofrece cada día. Populismo y posverdad, que preocupan con razón a mucha gente por la deriva que suponen en el juego democrático; las restricciones que imponen en el ejercicio de los derechos y libertades públicas; y el deterioro creciente en el Estado de Bienestar.
   Pero, aceptada la legitimidad de ese debate, que incluso debe ser principal, parece oportuno hacer un par de observaciones, no sea que, una vez más, lo inmediato nos ahogue y que, envueltos en graves disquisiciones de toda índole intelectual, acabemos aparcando otros asuntos también primarios. Y el primero de estos reparos está en que, abonados a estas disquisiciones más sociológicas y políticas, estamos abandonando casi toda referencia a los problemas y las cuestiones sociales que, por acuciantes, deberían tener un hueco permanente en el desarrollo del lenguaje público. Mucho hace que nos hemos olvidado, por ejemplo, del problema de los desahucios y apenas se hace referencia a esa fechoría tan infame de haber vendido a “fondos buitre” (¡vaya término!) viviendas sociales, al margen de los afectados.
      La otra observación imprescindible es que resulta necesario recordar que son ciudadanos concretos los que promueven estas corrientes, que el populismo y la posverdad son movimientos sociales resultado de decisiones individuales. Poco aprecio se ha hecho sin embargo de las informaciones que llegaban del Reino Unido cuando lo del referéndum de salida de la Unión Europea. Ciudadanos que reclamaban otra nueva consulta para rectificar su voto con el argumento de que, deseando continuar en Europa pero enfadados por algún otro motivo con su gobierno al tiempo que convencidos del resultado previsto en los pronósticos, habían votado a favor de la salida. Algo así como aquello que se contaba del recluta, que, enfadado con sus mandos por un castigo que creía no haber merecido, dejó de cenar con el argumento de que “se fastidie el capitán”. El dislate de no medir las consecuencias.

Publicado el día 13 de enero de 2017