Ser de otra manera

         Con más frecuencia de lo que a primera vista pueda parecer, la dictadura del lenguaje, que somos nosotros mismos los que lo producimos, nos mete en unos laberintos de los que es muy difícil salir si nos ponemos a pensar lo que en verdad significan. Valga una expresión, cada día más frecuente, que, habiendo aparecido inicialmente en determinados discursos laudatorios, ha tomado el territorio lingüístico y social con un desparpajo sorprendente. Tanto que lo más probable es que el lector la haya utilizado o, en todo caso, escuchado en montones de ocasiones: “como no podía ser de otra manera”. Y, puestos a jugar y entretenernos con reflexiones sobre lo que se dice en una frase como esta, nos metemos en un berenjenal filosófico de padre y muy señor mío.
         Porque cuando se asegura que algo “no puede ser de otra manera” ¿qué es lo que impide que las cosas puedan cambiar de naturaleza? Esto de asegurar que algo no pueda ser de otro modo es atribuirle consistencia indefinida y lo mismo que decir que, al no poder ser otra cosa, tampoco puede no ser nada y entonces sería eterno, difícilmente se le podrían aplicar las valoraciones de verdadero o falso y nos meteríamos, por ejemplo, en lo que los profesionales del lenguaje llaman nada menos que el problema “de los existenciales negativos”. ¡Menudo lío para una columna de un periódico!, podrá decir cualquier lector. Pero simplemente se trata de darnos cuenta de los enredos en que nos meten las palabras cuando, al pensar en ellas, apreciamos su significado literal. Estamos muy acostumbrados a decir que algo como el Pegaso (el caballo con alas de los cuentos antiguos que suele servir de ejemplo) no existe o que el viaje que cuenta el vecino no se ha producido y en esa tesitura cabe preguntarse: pero, si algo no existe, ¿cómo podemos hablar de ello?, más aún, ¿cómo podemos decir que es falso… o verdadero? Esto es un existencial negativo: una frase que niega la existencia algo. Como el enunciado de que algo no puede ser de otra manera.
        Pues en esa polémica andan metidos grandes filósofos. Y no es una banalidad esta discusión, cuya respuesta incide en la matemática y en el lenguaje científico, pero sí resulta curioso cómo lo que en principio pareció una galantería acaba presentando un muy difícil problema teórico. ¿Quiere ello decir que hay muchos metafísicos por el mundo, tratando de ser corteses? Pues, sin saberlo, a lo mejor.

Publicado el día 12 de enero de 2018

Los buenos friquis

         Alguien dijo en indeterminada ocasión que por el mundo circulan algunos listos que se hacen pasar por tontos para engañar a los tontos que se creen listos. Y, en su afán sintetizador, y algo pretencioso, acabó asegurando que, si bien se mira, en este pensamiento puede resumirse la historia universal pues aquí se contienen los principios que dirigen el desarrollo humano. Es decir, que los listos que se hacen pasar por tontos son los que, naturalmente, (o sea, por naturaleza, fuera de toda convención y de todo contrato humano previo) mandan y gobiernan. Aunque ello de acuerdo a esta precaución que Sánchez Ferlosio ofrece a quien quiera tenerla en cuenta: “Sin embargo / –Oh, sin embargo, / hay siempre un ascua de veras / en su incendio de teatro”.
        Y es aquí donde entran los friquis. En su “teoría del friki” (así escrito) Javier Cercas viene a definir y aplicar este concepto: “En mi opinión, un friki auténtico no es un anormal, ni un tipo raro, ni mucho menos uno de esos mercachifles de sí mismos que van por el mundo haciéndose los raros; yo diría más bien que un friki es un tipo que solo tiene una convicción fija, y es que la normalidad no existe, ni por tanto la rareza, o simplemente un tipo que sabe que la normalidad es una estafa”. Y tal vez una forma de eludir la paradoja de los tontos-listos o los listos-tontos. Así descrito, alguien podría sugerir que un friqui es el que sabe conjugar, al tiempo, el principio del placer y el principio de la realidad. Cercas, que cuando redactó su teoría aún no había reconocido este término la RAE, lo que ya ha hecho, coloca el Libro del Buen Amor y el Cervantes del Quijote como los más representativos, lo que ya es una buena pista.
         Así es que, si al final todo es un juego de listos-tontos y tontos-listos (ay, de aquellos listos que, sobre todo en estos días, creyéndose bobadas reivindicativas engordan con el “pásalo” las economías ajenas) en el que no vale repetir la jugada porque nadie, por mucho que lo intente, es capaz de volver al 2017, pues ¡vivan los Reyes Magos!, que en el Evangelio Armenio de la Infancia se dice que “… son tres hermanos: Melkon, el primero, que reinaba sobre los persas; después Baltasar, que reinaba sobre los indios; y el tercero, Gaspar, que tenía en posesión el país de los árabes”. Y alegrémonos de que haya friquis que maticen las sombrías rutinas del poder y de la vida. Son los buenos friquis.

Publicado el día 5 de enero de 2018

Tristes o, mejor, entretenidos

      Defendía Erich Fromm que el Estado estaba interesado en crear individuos tristes y macilentos porque gobernar sobre esta clase de personas es más fácil que hacerlo con gente alegre y animosa, más propensa a la protesta y a la crítica. No está claro del todo, sin embargo, que este propósito no permita otras alternativas para tener al colectivo tranquilo y dominado y, encima, puedan ser mucho más beneficiosas para quienes tienen el último y decisivo control. Porque cabe preguntarse (y de hecho se lo han preguntado importantes sociólogos) que, si bien parece razonable pensar que unos ciudadanos alicaídos darán poca lata a las autoridades, también podrían comportarse de la misma manera quienes estuviesen en otras condiciones que condujesen a esa misma finalidad. Por ejemplo, tener distraído al personal, entretenido de tal manera que ni le interese entrar en conflicto con el poder, ¿no sería acaso tan rentable y hasta incluso del mayor interés? ¿Y si, además, está plenamente convencido de que su comportamiento es francamente bueno y recto?
         Vicente Verdú sistematiza el desarrollo del capitalismo en tres momentos de la historia reciente. Hay uno primero, dice, de producción (que llega hasta la Segunda Mundial) en el que lo principal son las mercancías, y los productos que ofrece (cocinas, paraguas, teléfonos) … negros y sombríos; después, hasta la caída del Muro, viene un período de consumo, con superficies brillantes, aluminio, acero inoxidable…; la etapa actual, capitalismo de ficción, se caracteriza porque nos ofrece la felicidad, la alegría, la creación de un mundo nuevo y mejor, en definitiva, un mundo virtual que nosotros podemos promover a nuestro antojo y de acuerdo a nuestros deseos y aspiraciones.
    A este fin, viene bien recordar lo que cuenta William Davies analizando los comportamientos colectivos: que los vínculos sociales, los compromisos con los demás, está demostrado que son más fundamentales que los precios de los mercados. Así es que, si nos dejamos seducir por la bondad de esos vínculos sociales que, a fin de cuentas, son más eficaces y, por tanto, rentables, pues mejor que mejor. ¡Qué sistema más óptimo que éste para completar el mejor efecto del capitalismo de ficción! Contentos y confiados, estamos en la inmejorable disposición para comprar y consumir, pensando además que estamos haciendo una buena obra. Con lo que queda el círculo cerrado.

Publicado el día 29 de diciembre de 2017

Una nueva belleza

     Como de pronto, alguien advierte de que nos hemos olvidado del vehículo, de que, encerrados en lo de cada día, ya no nos acordamos del carruaje en el que estamos acomodados. Y menos aún de que hoy empezamos una nueva vida, un nuevo amanecer que nos llevará durante los próximos seis meses cada vez con más luz, con más sol, con más vida. Es el solsticio de invierno: un acontecimiento más real que las elecciones catalanas o la lotería nacional. Un acontecimiento cósmico que, ya decía el fraile Roger Bacon en 1267, se mueve, que sube en el calendario… pero que, decidido por la Iglesia como fijo, había alborotado todo el ceremonial de fiestas y santos, mientras carga sobre sus espaldas el peso de “un inmenso abanico de… ritos de fecundidad, fiestas del fuego, ruedas ardientes, ofrendas a los dioses”.
        (Para el aviador la pregunta es “qué habrá pasado en el planeta, ¿quizá el cordero comió a la flor? A veces me digo; ¡seguramente no! El principito encierra todas las noche a la flor bajo un globo de vidrio y vigila bien a su cordero… Entonces me siento feliz. Y todas las estrellas ríen dulcemente. Pero a veces me digo: de vez en cuando uno se distrae ¡y es suficiente! Una noche el principito olvida el globo de vidrio o el cordero salió silenciosamente durante la noche… ¡entonces los cascabeles se convierten en lágrimas! Es un gran misterio. Para vosotros que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos, ha comido, sí o no, a una rosa… Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, ha comido a la flor? Y veréis cómo todo cambia… ¡Y ninguna persona mayor comprenderá jamás que tenga tanta importancia!”)
          Porque, para que eso ocurra, antes que nada hay que detenerse, pararse un momento, dar un suspiro, apropiarse de una bocanada de aire. ¿Desde cuánto tiempo no ha leído una poesía, unos versos? podría ser una pregunta que hiciésemos por la calle. Y con la previsible respuesta, las cosas no funcionan, no pueden funcionar: así todo acaba en gritos, en ruido. “Huye el año a su término / como arroyo que pasa / llevando del Poniente / luz fugitiva y pálida”, que dice Rubén Darío. Y tal vez debería ser obligatorio lo de un poema por mes o, al menos, por año. Otro gallo nos cantaría. Una nueva belleza que, según los antiguos, equivale a una nueva verdad y a una nueva bondad.

Publicado el día 22 de diciembre de 2017

La igualdad, por Navidades

      Sabido es el viejo pensamiento racionalista que, procedente de Sócrates y demás filósofos, digamos, orgánicos occidentales, defiende que la virtud es en sí misma tan atractiva y verdadera que basta conocerla para engancharse a ella, a través de la ecuación intercambiable: virtud es saber y saber es virtud. Lo que, desde el ángulo opuesto, explica la aparición del vicio por la ignorancia y falta de conocimiento. Es por tanto una visión intelectual de la moral y de la ética, identificativa del mundo occidental. Ahí están para demostrarlo los dominantes discursos buenistas que no cesan y se justifican en, que, si el hombre no la interfiriera, la virtud (la igualdad, en este caso) acabaría gobernando el mundo para el bien y felicidad universal. ¡Nadie entre aquí que no defienda la igualdad! ¿Quién se atreve a decir lo contrario? El pensador, que se cierra en lo racional y doctrinal.
        Pero los ideales son peligrosos, no lo duden, proclama Rafael del Águila. A muchos les parece, viene a decir, que, si creemos profundamente en algo maravilloso y lo convertimos en actuación política racionalmente exigida, todo irá bien y será maravilloso. Pero claro ¿y qué pasa si alguien en la ciudad no cree que esa igualdad no solo no es maravillosa sino, muy al contrario, hasta puede ser muy perjudicial? ¿O simplemente la rechaza al grito, que ahora está dominando Europa, de ¡yo no quiero ser igual a ese o a esos!? ¿Y quién ha determinado esa virtud, puede objetar el ciudadano que cada día ahonda más aún en la brecha social con sus comportamientos económicos o empresariales mientras rechaza un mundo común con lo común del mundo? ¡Y que, además, dice, compita conmigo por un mundo único! Porque ¿quién ha dicho, o decidido, que la igualdad es un bien en sí mismo y por qué?
       Véase si no el redoblado esfuerzo navideño por la igualdad, por ejemplo, en campañas especialmente bienintencionadas, pero baldías por su inconsistencia, su futilidad teórica, mientras asoma la que puede ser definitiva ruptura de nuestra especie, sobrepasando incluso lo previsto en “1984” o en Huxley ¿Qué pasaría si las nuevas tecnologías genéticas solo estuviesen disponibles para la gente rica? Tendríamos una sociedad que no solo estaría dividida definitivamente por una brecha económica, sino que el acceso a la genética crearía una subclase antropológica, pregunta Siddhartha Mukherjee. O una nueva especie partida.

Publicado el día 15 de diciembre de 2017

La duda como remedio

       Tras la vorágine que los nuevos conceptos de posverdad y realidad alternativa han creado tanto en el discurso público como en el privado, tal vez sería prudente y sensato, para ir aclarando pensamientos y actitudes, echar mano de una posición teórica y práctica que el ser humano siempre ha tenido a su alcance que es la duda, la capacidad de cuestionarse todo el esquema de ideas sobre el mundo de que dispone. Introducir una cuña interrogativa en el conjunto de conocimientos que poseemos de manera que nos permita desalojar de nuestro pensamiento los absolutos, esas posiciones que, aunque a primera vista parezcan todo lo contrario, en el fondo trocean la realidad y crean multitud de puntos de vista, excluyente cada uno de ellos. Y de esta manera tantas interpretaciones disipan la verdad y la rompen. Nunca hubo dos hombres, dice un filósofo, que juzgaran del mismo modo una cosa y es imposible encontrarse con dos opiniones exactamente iguales no solo en hombres diferentes sino en uno mismo a todas horas.
         Plantear la duda, ejercer una cierta sospecha ha sido una afortunada tentación que se ha sugerido como tratamiento a las convicciones desde que comenzó a desarrollarse lo que se puede llamar la filosofía occidental. No solo porque desde el principio hubo pensadores que llamaban a esta serenidad de ánimo sino porque, a lo largo del tiempo, siempre ha habido alguien que se ha ocupado en insistir en las virtudes y los aspectos positivos y beneficiosos de esta actitud existencial. El escepticismo, que en el fondo es la desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo, consiste precisamente en esto.
        Sin embargo ya sabemos que la referida cuña de cuestionamiento de algo suele ser rechazada por la exigencia que todos tenemos de afianzar nuestra seguridad porque, como algunos han dicho, cuestiona los dogmas de la tribu en cuyos parámetros necesitamos encontrar el suelo en que apoyarnos, pero aprender a dudar implica distanciarse de lo dado y poner en cuestión los tópicos y prejuicios, cuestionarse lo que se presenta como incuestionable, viene a decir Victoria Camps. La duda, cuestionarse los fundamentos de nuestro esquema ideológico, del conjunto de nuestras certidumbres personales es el mejor (y tal vez único) camino para encontrar la verdad. En la línea que aconseja Cervantes cuando afirma que de sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un día.

Publicado el día 8 de diciembre de 2017